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GRACIAS DE ESPERANZA

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Le he dado muchas vueltas a la forma de decirte lo que dejó este año para mí. Es como si viera un caleidoscopio dar infinitas vueltas en sus brillantes y maravillosos colores, y no te pudiera decir lo maravilloso e hipnotizante que es. 
Y no es que quiera obviar el contexto duro, las malas jugadas políticas, el hundimiento del país y las diez mil razones más por las que, tú, amigo, amiga y yo misma, luchamos día a día motivados vitalmente para construir un mundo diferente y justo.
Pero es eso precisamente lo que quiero resaltar y agradecer, esas luchas, esos aportes que tú haces a una vida que está imbuida de esperanza y ganas de ser: 
Gracias a las personas, como tú, que creen firmemente en su trabajo como un propósito de vida, como una aportación a nuestro país,  que realizan su trabajo con amor y dedicación y que en ello les va buena parte de su esfuerzo vital y profesional. 
Gracias a los que creen en el arte como una forma de hacernos más humanos, como medio para comunicarnos y comun…

EL REGALO DE TU TIEMPO

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Llegas a un punto de la vida en el que empiezas a valorar el tiempo de forma diferente. Cuando se es joven, como dice el lugar común, parece que el tiempo es eterno: todo es posible, el presente y la urgencia se imponen y al volver a ver atrás solamente hay una pequeña cola de huellas en la arena. 
Sin embargo, llega el día en que el tiempo dejó de estirarse para tomar cualquier forma posible y se empieza a ver desde otra perspectiva. Dice el trovador: "El tiempo, el implacable, el que pasó..." El tiempo pasa a convertirse en un bien preciado, en un regalo que agradeces con la premura de utilizarlo lo mejor posible. 
Cuando una persona pide ser escuchada, probablemente no se percata del especial favor que la otra le hace cuando dice: "Sí, tengo tiempo para escucharte" y se dedica enteramente a hacerlo.  Es un regalo que brinda y que no es suficientemente valorado.  
Cuando pienso en el tiempo, siempre pienso en la mejor forma de aprovecharlo para disfrutar la vida, pa…

¿Qué es la vida si tú no estás presente?

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Las heridas arrasan el cuerpo. Cada herida, una historia. Cada una surge como una erupción, con un dolor profundo y una bulla impresionante. Se marcha bajo la mano suave del tiempo, se debilita, se apacigua y termina difuminada en el mapa vital con un murmullo inaudible, como quien dice: No era para tanto. 
Cada herida le impone a ella una urgencia: no te vayas, no te rindas. Por favor, lucha, busca dentro de ti lo que tengas y vence el velo oscuro que te arrastra. Ella sonríe, ciega, pero en el fondo de sus huesos, todo duele y solamente quiere fluir pacientemente hacia el recuerdo de su hermana. 
La muerte siempre me obsesionó. Leía sobre ella, la sentía rondar alrededor con sus pasitos de perro pequeño, la miraba a lo lejos y me parecía una siguanaba atractiva. Cuando tocó mi vida, no supe qué hacer con lo que quedaba de mí luego de ella. Ahora viene a danzar en mis días. A machacar a mi ser querido. Sé bienvenida, querida muerte. ¿Qué es la vida si tú no estás presente?

MARITZA

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El perro estaba atosigado por la enfermedad. Vivía abandonado en el olvido de su propia familia. A nadie le importaba su crítica condición. 
Hasta que apareció Maritza. Nadie le dijo. Nadie le pidió. Cada noche, llegaba y le daba comida. Cuando comprobó la subida de peso, comenzó a darle medicamentos para combatir la fuerte infección que no lo dejaba irse, pero lo mantenía en una agonía lenta, forzosamente lenta. 
Maritza se ganó su confianza, lo fue llevando, de a poquito, a la sala de un veterinario. Le dijeron que el perro podía salvarse. Y lo creyó. Y confió. 
Siguió cada noche, al final de sus tareas domésticas, acercándose al perro, para alimentarlo, para curarlo, para hablarle con aquellas palabras que solo quienes aman a los animales, saben pronunciar. 
Y durante sus idas y venidas de cada noche, Maritza me hacía pensar que la misericordia humana existe. Que ante tanta degradación, la compasión humana puede pasearse bajo los faroles de un barrio cualquiera, y en silencio, realizar…

PERSIGNARSE

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Como todas las mañanas, tomé el transporte público para ir a trabajar. Al lado mío se sentó una dama con el uniforme de los funcionarios de la municipalidad. 
Cuando pasamos frente a una iglesia, se persignó. Es católica la señora, pensé. 
Cuando nos acercábamos a la parada de mi destino, le solicité se apartara para dejarme pasar. Se molestó mucho, no se quitó y tuve que pasar encima de ella. 
Cuando me bajé del bus, pensé: No sé para qué se persignan estos cristianos si amanecen peleando con el prójimo.