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Mostrando entradas de febrero, 2012

UN FOSFORAZO

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Recintos deprimentes en donde se hacina toda la humanidad desechada por violenta, feroz y cruel. Sin embargo, es solamente un débil reflejo de lo que nosotros mismos somos y creamos: abismos profundos entre los que todo lo tienen y los que nada merecen. 
No nos basta cerrar todas las posibilidades de rehabilitación. Ahora, surge la malévola intención: ¿Y qué tal si los borramos en un solo intento?
Así, cada cierto tiempo, la cárcel se convierte en un infierno y los reos perecen comidos por las llamas. 
Casualmente, nadie llega a tiempo, la ayuda se hace sorda y por clara consecuencia, la gente muere, de la peor manera imaginable. 
Desechos humanos que una sociedad hipócrita condena, que pueden ser descartados, consumidos, eliminados por un fosforazo. 


A propósito del incendio en una cárcel en Honduras.

UN DÍA USUAL

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Esta mujer se levanta por la mañana, con legañas como tentáculos que comparten la pesadez de esas inexplicables pesadillas. Esas pesadillas que dejan un rastro surrealista en el inicio del amanecer.
Café cargado frente a un periódico que debería brindar alguna oportunidad, además de las noticias funestas en las que unos van contra otros. Nada.
Luego viene el recorrido por los correos electrónicos en busca de alguna voz nueva que saque de la rutina los usuales saludos de los amigos, las presentaciones motivacionales, las cadenas de oración amenazantes y las noticias políticas contracorriente que hacen una gran bulla con su rebeldía.
Se reparte el tiempo del día con dosificaciones de casa, de lecturas que sacan al cerebro de la realidad, con llamadas a amigas que hacen reír y le recuerdan el lado fácil de las cosas. 
Por la tarde, el paseo por el parque con el perro. No puede evitar repasar cada una de sus habilidades, sus contribuciones a la vida, su utilidad humana para la sociedad, aquel…

MARIPOSAS DESDE EL ABISMO

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Era una mujer que venía desde una tristeza profunda. Su cuerpo era arrasado en llanto, un llanto que fluía a mares. Día a día, revisaba una por una sus opciones y ninguna parecía sacarla del hoyo profundo en el que se hundía sin que su voz de auxilio fuera escuchada. 
Sin embargo, no estaba sola. Allí, a su lado, estaba su chiquita de tres años. La miraba y sabía que no podía dejarla sola a la sombra de cualquier peligro, a la sombra de manos abusivas que le hicieran lo mismo que le habían hecho a ella. No, no podía pensar en un destino tan cruel para su niña. 
Noches insondables de insomnio, días de hambre, horas de sobrevivencia que se acomodaban una sobre otra dentro de su corazón, que apretaban su mente con un dolor pasmoso. 
Aquella mañana tomó a la niña, la cargó en sus brazos y se dirigió al puente más alto de la ciudad. Llegó a la orilla y el viento despeinaba sus greñas, descorría sus lágrimas. Abrazó fuertemente a la niña, superó la baranda y se lanzó al vacío. 
La niña se aferr…